Si vas a debutar en el mundo de los viajes de larga distancia con un coche 100% eléctrico, ¿por qué no hacerlo a lo grande? Eso es lo que pensé cuando planifiqué mi primer trayecto: Madrid-Cadaqués. No en vano, es el trayecto más largo que puedes realizar sin salir de la Península saliendo desde Madrid. Una diagonal de más de 750 kilómetros para poner a prueba la paciencia del novato... y las capacidades del nuevo Ford Explorer.
Hoy os quiero contar mi experiencia sin paños calientes. Con sus momentos de incertidumbre, con sus pequeñas batallas con la tecnología de recarga y, sobre todo, con esa inesperada sensación de descubrir que viajar sin emisiones es un placer que, además, se puede "gamificar".
El síndrome del novato (o cómo obsesionarse con los números)
Para no venirme demasiado arriba con mi debut eléctrico, decidí dividir la ida en dos etapas. Salimos de Madrid una tarde, sobre las 18:00 h, con la batería del Explorer cargada al 100%. Destino de la primera etapa: Lleida.
Tengo que confesarlo: cuando te montas por primera vez en un coche eléctrico para viajar, es físicamente imposible no obsesionarse con la autonomía. No dejas de mirar la pantalla. ¿Cuánto queda? ¿Cuánto estoy gastando? ¿Cómo araño un kilómetro más?

En ese escenario, el Control de Crucero Adaptativo del Explorer se convirtió instantáneamente en mi mejor amigo. No solo por la tremenda seguridad y el descanso que aporta tras salir de una jornada de trabajo, sino porque te clava una velocidad constante de 120 km/h, optimizando el consumo de la batería al milímetro.
Como todavía no conoces los flujos de consumo como en tu viejo coche de gasolina, donde sabes exactamente cuánto estirar el depósito, el miedo te hace parar antes de tiempo. Es inevitable: no quieres bajar del 25-30% de batería. Por eso, nuestra primera parada de la etapa fue cerca de Fraga. ¿El coste? Unos amigables 13,20 € para dejar la batería de nuevo rondando el 75%. Gol por toda la escuadra para el coche eléctrico que cuida mi bolsillo. Dormimos en Lleida con la sensación de que todo iba sobre ruedas. Literal y figuradamente.
Al día siguiente, completamos la etapa Lleida-Cadaqués. Aunque era un trayecto más corto, la desconfianza del principiante nos hizo parar dos veces: una primera recarga para asegurar el tiro por encima del 80%, y una segunda ya en Roses. ¿Por qué tan cerca del destino? Porque en Cadaqués los puntos de recarga son escasos y no sabíamos si estarían operativos o libres ni a qué velocidad recargarían. Queríamos llegar al paraíso costero con la tranquilidad de tener el coche lleno para movernos por allí sin pensar en enchufes.



El "viaje" tecnológico: Apps, puestos de recargas y más apps
Hagamos un pequeño paréntesis de honestidad. El viaje es cómodo, pero la realidad del conductor novato con las aplicaciones de carga es... exigente. Antes de salir de Madrid ya me había descargado tres o cuatro apps. Pero en el camino descubres que hay un cargador ultrarrápido de otra compañía que te vendría genial. ¿Resultado? Parar, descargar otra app en mitad de la nada, registrarte, meter la tarjeta de crédito y entender un sistema de activación que nunca es igual al anterior.
Pensando en personas mayores o menos habituadas a la tecnología, creo firmemente que el sector debe simplificar y unificar los sistemas de recarga. Es una barrera de entrada innecesaria. Soñar con una única aplicación universal o con el pago directo con tarjeta en todos los postes no es un capricho; es una necesidad para que la transición eléctrica sea realmente accesible para todos.
El nacimiento de un "Gamer" de la frenada regenerativa
Pero hablemos de lo verdaderamente divertido: conducir el nuevo Ford Explorer. La aceleración instantánea juega en otra liga, y el arsenal de asistentes de conducción (ADAS) redujo a la nada el cansancio del viaje. Sin embargo, lo que me robó el corazón fue la frenada regenerativa.
Tengo que reconocer que soy propenso a convertir todo en un videojuego, así que acabé gamificando el viaje por completo. Ver en el cuadro de mandos cómo la barra azul de gasto se reducía a cero y, sobre todo, cómo aparecía la barra verde indicando que estaba recargando la batería en marcha, convirtió la conducción en un videojuego muy adictivo. Estaba compitiendo en mi propio "Eco-Rally" personal. No lo hacía ya por ahorrar, ¡lo hacía porque era divertidísimo ver hasta dónde podía llegar mi eficiencia!


La vuelta: el "truco" final
La estancia en Cadaqués fue maravillosa, saltando de cala en cala con total tranquilidad. Al final, el cargador local funcionaba perfectamente y, aunque no era el más rápido del mundo, lo aprovechamos para desayunar con calma antes de emprender la vuelta.
Para el regreso a Madrid decidimos hacer el viaje del tirón. Ya no éramos los mismos novatos de la ida. Con el consumo del Explorer ya dominado y una colección de ocho aplicaciones distintas en el móvil, planificamos la ruta al milímetro para hacer únicamente dos paradas: una cerca de Manresa y otra en La Almunia de Doña Godina, muy cerca de Zaragoza.
Y aquí es donde ocurrió el truco de magia. A unos 300 kilómetros de Madrid, el coche nos marcaba una autonomía restante de unos 380 kilómetros. Haciendo cálculos rápidos y redondeando, deberíamos haber llegado a casa con un margen de unos 80 kilómetros de batería.
Sin embargo, cuando entramos en Madrid, el indicador no marcaba 80... ¡sino casi 160 kilómetros de autonomía restante! Prácticamente el doble de lo previsto.
¿Cómo es posible? Aunque me encantaría ponerme la medalla de ser el "Gran Maestro de la Regeneración de Energía", imagino que la física tuvo mucho que ver. La orografía del terreno de vuelta (con pendientes favorables donde el Explorer recupera energía de forma masiva reteniendo el coche) y un agradecido viento de cola seguramente hicieron el resto.
“Si estás pensando en dar el salto al coche eléctrico, te doy un consejo: no le tengas miedo. Una vez que aprendes a jugar con la energía, no querrás volver atrás.”Borja Abadíe, editor de From the Road España y Portugal

Balance final: ¿Merece la pena?
Llegar a Madrid con autonomía de sobra, habiendo hecho solo dos paradas y con el bolsillo bastante menos agujereado que con un coche de gasolina, te cambia la perspectiva. Es cierto que las infraestructuras y el software deben madurar y simplificarse (seguimos soñando con esa app única).
Sin embargo, la experiencia de devorar kilómetros en un silencio absoluto, con una comodidad sobresaliente, sabiendo que estás viajando sin contaminar y disfrutando activamente de la conducción, hace que la balanza se incline con total rotundidad hacia el lado del Explorer.
Si estás pensando en dar el salto al coche eléctrico, te doy un consejo: no le tengas miedo. Una vez que aprendes a jugar con la energía, no querrás volver atrás.






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